Carta abierta a la OMS: Un llamado al uso universal de respiradores en la atención médica
7 de enero de 2026
El pasado miércoles 7 de enero, se envió a siete altos cargos de la Organización Mundial de la Salud la carta a continuación (disponible como archivo .pdf al final de esta página). Cobertura de prensa: The Guardian (9 ene 2026); The BMJ (9 ene 2026); MyADS / Association for Dental Safety “Daily News” (9 ene 2026); OR Manager (9 ene 2026); Patient Safety Learning Hub (9 ene 2026); News9 Live (video) (10 ene 2026); News.ro (10 ene 2026); The Asian Age (Bangladesh) (10 ene 2026); Medindia (12 ene 2026); Business Upturn (13 ene 2026); DistilledPost (15 ene 2026); Forbes (15 ene 2026); Denver7 (30 ene 2026); Agencia SINC (Spain) (20 feb 2026).
Esta es una traducción de la carta original. Para leer la carta original en inglés, puedes descargarla como archivo .pdf al final de esta página.
Estimado Director General Ghebreyesus y Compañeros:
Les agradecemos por sus esfuerzos por avanzar en la salud pública global durante estos tiempos difíciles. Somos expertos de todas partes del mundo en medicina, salud pública, derecho, higiene industrial y otras disciplinas, y hoy les escribimos desde una profunda preocupación —y con la esperanza sincera de un cambio— ante la postura histórica y actual de la Organización Mundial de la Salud que está fallando respecto a la recomendación del uso de respiradores [1,2] en los entornos de atención médica. [3]
En resumen: (1) las mascarillas quirúrgicas ofrecen una protección insuficiente frente a patógenos de transmisión por aerosoles; (2) las recomendaciones actuales de la OMS están perjudicando al personal médico y a los pacientes; y (3) como líder mundial de seguridad en la salud pública, la OMS tiene el poder de reducir la carga de enfermedad en los entornos de atención médica por medio de recomendaciones más efectivas.
La OMS debería liderar el camino hacia una atención médica más segura con decisión, estableciendo como estándar universal el uso de respiradores en todos los espacios de atención médica, con alternativas claramente definidas y determinadas localmente basadas en indicadores de riesgo transparentes y en el uso de controles de ingeniería eficaces. Esta recomendación alinearía la política de la OMS con la evidencia científica y con los protocolos de seguridad existentes, mejorando la seguridad tanto de pacientes como del personal médico.
Presentamos nuestro razonamiento con más detalle a continuación, y proponemos un plan de siete pasos para su implementación por la OMS. El plan incluye mejorar los protocolos de Prevención y Control de Infecciones (PCI), corregir desinformación previa, apoyar el acceso equitativo a respiradores a nivel mundial y convocar a un panel ampliamente representativo de expertos y partes interesadas para promover la implementación de estas medidas mejoradas de seguridad en la atención médica.
El momento es ahora
A la luz del reciente reconocimiento por parte de la OMS de la transmisión aérea del SARS-CoV-2 y de otros patógenos (Morawska et al. 2023), y a la luz de una avalancha consistente de evidencia aceptada científicamente — de la superioridad en eficacia de los respiradores sobre las mascarillas quirúrgicas, respetuosamente proponemos que ahora es el momento para que la OMS corrija errores previos y proteja adecuadamente a pacientes y al personal de la salud mediante la promoción del uso de respiradores como estándar universal en la atención médica. Hacemos hincapié en que una recomendación similar ha sido propuesta recientemente en Canadá (Canada Z94.4-251) y ha sido respaldada en el Reino Unido (BOHS COSHH, 2025).
Pedimos a la OMS que recomiende el uso de respiradores en cada interacción en todos los espacios de atención médica, como una medida razonable estándar para proteger al personal médico y pacientes frente a patógenos de transmisión aérea, como el SARS-CoV-2 que continúa circulando y mutando a nivel global. La OMS también podría, por supuesto, recomendar que gobiernos e instituciones establezcan alternativas cuando no sea necesario el uso de respiradores, basadas en una evaluación transparente del riesgo local y de factores como las tasas de infección o contagios a nivel comunitario, los niveles de CO2 (o de virus) del aire en interiores, y la utilización de luz UV lejana (Far-UVC), filtración HEPA u otros controles ambientales, etc. Subrayamos que la evidencia muestra que, en la práctica, las órdenes, reglas y normas son más efectivas que las simples recomendaciones (Lu et al., 2021).
El resto de esta carta expone la necesidad urgente de una mayor protección respiratoria en la atención médica y el uso de herramientas eficaces en lugar de ineficaces. Aunque la protección respiratoria es solo un elemento dentro de una respuesta integral para reducir la enfermedad en el personal médico y los pacientes, limitamos nuestras observaciones a este elemento por razones que se harán evidentes a lo largo del documento.
El caso es claro: las mascarillas quirúrgicas no proporcionan una protección adecuada
Actualmente existe evidencia abrumadora —derivada de décadas de estudios en laboratorio, física de partículas e higiene ocupacional— de que las mascarillas quirúrgicas, que no fueron diseñadas para proteger al usuario o al paciente contra infecciones respiratorias, son muy inferiores a los respiradores (Greenhalgh et al. 2024). El CDC afirma: “Las mascarillas quirúrgicas no son dispositivos de protección respiratoria, como los respiradores” (CDC/NIOSH 2020). Los respiradores están regulados según su capacidad para alcanzar un factor de protección mínimo específico, mientras que las mascarillas quirúrgicas no lo están (CCOHS 2025). Los respiradores para entornos médicos son abundantes, asequibles, cómodos y seguros, y continuamente se desarrollan nuevos modelos con mayor respirabilidad, sostenibilidad ecológica y posibilidad de reutilización. Ya no existe una justificación racional para priorizar o utilizar mascarillas quirúrgicas en entornos médicos. Hay aún menos justificación para permitir que los profesionales de la salud no usen ningún tipo de protección facial, y resulta aún más injustificable que se permita no llevar ningún tipo de protección respiratoria al personal médico, o que los entornos de atención médica desaconsejen el uso de mascarillas o respiradores a sus pacientes.
El uso de mascarillas quirúrgicas como principal protección respiratoria en entornos médicos representa una discordancia crítica entre el peligro existente y el equipo de protección proporcionado, y es fundamentalmente incompatible con los principios básicos de la seguridad laboral (IOSH, 2025). Actualmente está bien establecido que las personas infectadas con patógenos emiten de forma continua partículas potencialmente infecciosas del tamaño de aerosoles durante todas sus actividades respiratorias (Bagheri et al. 2023; WHO 2024). Al combinar esto con lo que conocemos sobre los volúmenes de exposición, el contraste se hace evidente: unas pocas gotas balísticas tienen una zona de alcance muy estrecha, mientras que los aerosoles se propagan por todo el espacio respirable (US EPA, 2023; Wang et al. 2021). Además, las infecciones que inician en el tracto respiratorio inferior suelen requerir dosis infecciosas más bajas y provocar cuadros clínicos más graves (Thomas 2013). En este momento, estamos protegiendo al personal médico y a sus pacientes tan solo contra una gota en medio de un océano de aerosoles. Esta insuficiencia no se toleraría en ningún otro sector, y tampoco debería serlo en el entorno médico.
Vemos las consecuencias de cómo se está fallando en proveer protección todos los días: las infecciones adquiridas en entornos de atención médica (Sandu et al. 2025) —y las muertes y enfermedades crónicas consecuentes— son alarmantemente comunes, y el personal médico encabeza de forma sistemática las estadísticas de ausencias relacionadas con infecciones agudas y crónicas (EU OSHA 2024). Es esclarecedor que la infección por SARS-CoV-2 ha provocado un aumento del 250% en los accidentes laborales mortales del personal médico (muerte por SARS-CoV-2 ocupacional) en 2020 según datos de la UE. Además, el presentismo (trabajar estando enfermo) está generalizado en los entornos médicos (Linsenmeyer et al. 2023). Estas tendencias conllevan un enorme desgaste sobre nuestro sistema ya de por sí gravemente sobrecargado.
Tenemos una oportunidad indiscutible de mejorar radicalmente esta situación. Estudios de laboratorio y de campo han mostrado desde hace tiempo que los respiradores pueden reducir la exposición inhalada de aerosoles infecciosos en aproximadamente un 80% y hasta un 98%, incluso sin pruebas profesionales de ajuste (Lai et al, 2024; Duncan et al., 2021; Clapp et al. 2020). Las pruebas de ajuste iniciales y periódicas mejoran aún más el rendimiento del respirador, pueden ser requeridas por regulación en algunos entornos y no suponen una carga excesiva para los empleadores. Cuando ambas partes en un encuentro médico usan respiradores, la exposición resultante puede reducirse en un 96% o más (Bagheri et al. 2021). Con un marcado contraste, las mascarillas quirúrgicas tienden a reducir la exposición solo alrededor de un 40% o incluso menos (USEPA 2020). Esto es lejos de ser una diferencia marginal; dependiendo de la forma y parámetros de la función dosis-respuesta que relaciona la concentración de SARS-CoV-2 u otros viriones en la zona de respiración con la dosis infecciosa para cualquier individuo en particular, un respirador podría prevenir fácilmente la transmisión de enfermedades entre un profesional de la salud y un paciente, mientras que una mascarilla quirúrgica podría fácilmente fallar en reducir la exposición por debajo de la dosis infecciosa.
Los ensayos clínicos aleatorios y los estudios epidemiológicos que intentan evaluar el impacto de las mascarillas quirúrgicas o los respiradores en la reducción de enfermedad, hospitalizaciones o muertes en entornos comunitarios son inherentemente defectuosos y engañosos debido a que muestran importantes limitaciones metodológicas y una falta de potencia estadística (Greenhalgh et al, 2024; Kollepara et al. 2021). No son capaces de medir la reducción real de la exposición, ya que los miembros del grupo “protegido” pueden estar sin mascarilla durante grandes partes del día, mientras que los participantes del grupo de control podrían estar protegidos en ciertos momentos (véase, por ejemplo, Alfelali et al. 2020). Los estudios que miden la enfermedad o la enfermedad grave añaden una variabilidad considerable y no medida derivada de las diferencias individuales en susceptibilidad y exposición. En el mejor de los casos, estos estudios muestran que las reglas para el uso de respiradores pueden ser difíciles de aplicar fuera del lugar de trabajo: no refutan ni pueden refutar la eficacia física bien documentada de los respiradores en sí (Brosseau et al., 2023).
Las directrices actuales de la OMS contribuyen al daño
Si bien reconocemos el importante trabajo realizado por la OMS al aclarar la transmisión aérea del SARS-CoV-2 y de otros patógenos (OMS 2024), nos alarma profundamente que la OMS siga respaldando políticas que permitan al personal médico usar mascarillas quirúrgicas —o ninguna protección respiratoria en absoluto— al atender a pacientes. Esta postura no solo es científicamente indefendible, sino también peligrosa:
- Contribuye directamente tanto a la falta de personal médico como a la prevalencia de la enfermedad aguda, enfermedad crónica y del síndrome de desgaste ocupacional en el personal médico.
- Expone a los pacientes a riesgos prevenibles e incluso potencialmente letales. Las infecciones por SARS-CoV-2 adquiridas en hospitales conllevan tasas de mortalidad sistemáticamente más altas que las infecciones adquiridas en entornos comunitarios (Langlete et al, 2025). Los pacientes que desean protegerse se ven innecesaria e injustamente colocados en una posición vulnerable cuando los profesionales de la salud se niegan a usar respiradores e incluso llegan a disuadir o prohibir su uso por parte de los pacientes.
- Para los pacientes, el tiempo que pasan en entornos médicos puede representar el mayor riesgo de exposición al que se enfrentan durante todo el año – debido a la alta prevalencia de infecciones, la falta de distanciamiento y la falta de precauciones contra la transmisión por aerosoles.
- Erosiona la confianza pública y expone una falta de competencia, profesionalidad y ética en la atención médica de una manera muy visible, dañando así la reputación e influencia de la profesión médica, lo que puede conducir a un menor cumplimiento de la orientación profesional y aumentar la vulnerabilidad a la desinformación (Dorfman et al., 2023).
El camino a seguir: la OMS como líder mundial de seguridad en la salud pública
Aunque entendemos que la OMS no impone directamente políticas a nivel mundial, su influencia en la política médica global es profunda. Les instamos a actuar ahora para abordar la amenaza de la transmisión por aerosoles, y a tomar las siguientes medidas:
- Actualizar las Directrices de Prevención y Control de Infecciones (PCI) para recomendar el uso de respiradores (p. ej., N95, FFP2/3, elastoméricos) en todos los entornos médicos —no solo cuando existan brotes o durante procedimientos de alto riesgo, sino como estándar básico de seguridad laboral. Las Directrices podrían recomendar alternativas determinadas localmente basándose en interpretaciones preventivas de las condiciones locales actuales y específicas de cada centro.
- Revisar declaraciones previas sobre cómo se transmite el SARS-CoV-2 e informar inequívocamente al público que se propaga a través de partículas respiratorias en suspensión en el aire (un término que abarca tanto “aerosoles” como “gotas”). Restablecer la confianza pública tiene que empezar con una rendición de cuentas y transparencia. Para cerrar la brecha de conocimiento, proporcionar capacitación y educación integral sobre reducción de riesgo de peligros aéreos.
- Aprovechar las alianzas y la infraestructura adquirida por la OMS para apoyar el acceso equitativo a respiradores certificados a nivel mundial —en particular para sistemas médicos de países con ingresos bajos y medios. Con el tiempo, debería de bajar de manera progresiva la producción de mascarillas quirúrgicas, a medida que se alcance la disponibilidad amplia de respiradores más seguros y eficaces.
- Lanzar campañas globales que normalicen el uso de respiradores como una herramienta básica de prevención de infecciones —no como “equipo de emergencia”, sino como equipo moderno de protección personal.
- Integrar la protección respiratoria universal en los marcos de preparación ante pandemias, incluido el próximo “Acuerdo sobre Pandemias de la OMS”. Los respiradores ya no deben ser tratados como opcionales ni como artículos de lujo.
- Convocar a expertos multidisciplinarios, incluyendo higienistas industriales, científicos de aerosoles, científicos sociales, profesionales de la salud, modeladores de transmisión de enfermedades y defensores de pacientes, así como modeladores de enfermedades infecciosas, para asesorar sobre implementación y adherencia.
- Reforzar de forma clara, pública y periódica el mensaje de que, si bien la OMS dejó de referirse al SARS-CoV-2 como una emergencia de salud pública de importancia internacional en 2023, la pandemia aún continúa. Esto hará que los países rindan cuentas de la mitigación de los riesgos actuales o de la cobertura de costos actuales por la inacción de parte de sus gobiernos.
Hacemos un fuerte hincapié en que, incluso si fuera el caso que no todos los países pudieran permitirse cambiar de mascarillas quirúrgicas a respiradores (algo que nos parece cuestionable, dada la pequeña diferencia de costo que implicaría este cambio en comparación con los costos mucho mayores de la atención médica), la OMS no debería recomendar esperar hasta que estas recomendaciones puedan aplicarse en todas partes antes de aplicarlas en cualquier lugar. No debemos comprometer la salud de todos citando la imposibilidad de un cambio uniforme e instantáneo. En cambio, debemos esforzarnos por lograr una mejora continua, donde las mejores prácticas e innovaciones se difundan gradualmente desde los primeros usuarios a los demás, elevando progresivamente el nivel global de protección en todo el sistema [4]
Estas medidas no solo alinearían la política de la OMS con la ciencia actual: salvarían vidas, en particular las del personal médico y los pacientes más vulnerables a infecciones adquiridas en entornos médicos. También señalarían que la OMS tiene tanto la valentía como la humildad necesarias para adaptarse, liderar y marcar el comienzo de una nueva era de protección respiratoria.
Una reflexión final
Entendemos que muchos líderes de la salud pública tomaron decisiones bajo condiciones de crisis e incertidumbre. Pero ahora que se reconoce universalmente que tanto el SARS-CoV-2 como otros virus respiratorios se transmiten por el aire, la inacción ya no es justificable. La historia recordará no solo lo que dijo la OMS durante la fase inicial de la pandemia, sino también cómo respondió después de que la evidencia de transmisión aérea se volvió indiscutible, y a la luz de la conclusión científica establecida desde hace tiempo de que solo los respiradores pueden ofrecer una reducción significativa de exposición y riesgo.
Les instamos a liderar con decisión, con rigor científico, equidad e integridad. Confiamos en que la OMS puede trazar un rumbo audaz: uno que las generaciones futuras recordarán como un paso fundamental hacia un sistema de salud global más sano, más justo y más resiliente.
Estaremos encantados de discutir sobre el contenido de esta carta con ustedes y con cualquier otra persona de la OMS; por favor contáctenos a través del Dr. Adam Finkel (adfinkel@umich.edu).
Autores, avalistas y firmantes
Esta carta fue redactada por un grupo central de redacción compuesto por profesionales de la medicina, la salud pública, la salud ocupacional, el derecho y la ciencia de sistemas, que trabajan en colaboración interdisciplinaria.
Está avalada por médicos clínicos de alto nivel, líderes de salud pública, higienistas ocupacionales, científicos especializados en aerosoles, expertos jurídicos, defensores de pacientes y expertos en políticas públicas de múltiples países.
La carta cuenta con el apoyo de más de 2,300 firmantes de todo el mundo, que representan a profesionales médicos, investigadores, educadores, pacientes y miembros interesados de la comunidad médica global.
En el Apéndice A puedes encontrar la lista completa de avalistas y firmantes.
Las afiliaciones se incluyen únicamente con fines de identificación.
Atentamente,
Yaneer Bar-Yam, PhD, co-Founder, World Health Network; Professor and President, New England Complex Systems Institute
Adam M. Finkel, ScD, CIH, Clinical Professor of Environmental Health Sciences, University of Michigan School of Public Health, and formerly (1995-2000) the chief regulatory official at the U.S. Occupational Safety and Health Administration
Greta Fox, MS, NP, World Health Network (WHN)
Lotta-Maria Oksanen, MD, PhD, Postdoctoral Researcher, Airborne Infections and Protective Measures; Resident Physician, University of Helsinki; Faculty of Medicine, Helsinki, Finland
Špela Šalamon, MD, PhD, (World Health Network)
Liza K. Tóth, JD, BSc (Chem), Retired US Intellectual Property Attorney (CA, USPTO), Science and Policy Member, World Health Network
Joe Vipond, MD, FCFP, CCFP (EM), BSc (hon), Clinical Assistant Professor Department of Emergency Medicine, University of Calgary, Co-Chair and Co-founder of the Canadian Covid Society
AVALADO POR:
Verónica Athié-Morales, BSc, MSc, PhD – Microbiology, Biochemistry, Toxicology, Immunology, ConCiencia ECAI, Mexico
Samuel R. Bagenstos, JD, Frank G. Millard Professor of Law at the University of Michigan
Michael Baker, MBChB, FAFPHM, FNZCPHM, Professor of Public Health, University of Otago, Wellington, New Zealand
Jeffrey S Birkner PhD, CIH
Ludovica Bricca, MD, Specializing in Hygiene and Preventative Medicine, Università della Cattolica del Sacro Cuore – Rome
Lisa M Brosseau, ScD, CIH, Professor (retired), Owner, Colfax South LLC; Research Consultant, University of Minnesota, Center for Infectious Disease Research and Policy
Professor Giorgio Buonanno, PhD, University of Cassino and Southern Lazio, Italy.
Adjunct professor, Queensland University of Technology (QUT), Brisbane, Australia
Danilo Buonsenso, MD, MSc, PhD, Università Cattolica del Sacro Cuore, Roma, Italia
Professor Stephanie J. Dancer, BSc, MB.BS, MD, MSc, FRCPath, DTM&H, FRCP(Ed), FESCMID, FISAC, Consultant Microbiologist, NHS Lanarkshire & Professor of Microbiology, Edinburgh Napier University, Scotland
Joseph L. Eastman, PhD, WHN Science and Policy Group
Andrew Ewing, PhD, Chair, WHN Long COVID Advisory Group; Professor of Chemistry and Molecular Biology, University of Gothenburg, Sweden; Elected member of the Swedish Academy of Sciences
Anthony Fenn, FRCS, MBA, MSc, Public Health
Eric Feigl-Ding, ScD, Epidemiologist, Health Economist
Lyne Filiatrault, MDCM, FRCPC, Canadian Aerosol Transmission Coalition
Gregg Gonsalves, PhD, Associate Professor, Epidemiology of Microbial Diseases, Yale School of Public Health
Trisha Greenhalgh, OBE, MD, FRCP, FRCGP, FFPH, Professor of Primary Care Health Sciences, University of Oxford
Tee L. Guidotti, MD, MPH, DABT, FRCPC, FFOM RCP, FFPM RCPI, Fellow, Royal Society of Canada, Retired Professor of Occupational and Environmental Medicine, Pulmonary Medicine, Epidemiology; University of Alberta, The George Washington University
Dr Rajiv Kumar Gupta, MD, Professor and Head, Community Medicine, Govt. Medical College Jammu, India
Matti TJ Heino, Social Psychologist
Kevin Hedges, PhD, FAIOH, CIH, COH, Workplace Health Without Borders WHWB (International) and Canadian Aerosol Transmission Coalition (CATC)
Michael Hoerger, PhD, MSCR, MBA, Program Lead for Cancer Population Science, Tulane Cancer Center
Jonathan Howard, MD, Chief of Neurology, Bellevue Hospital
Barry Hunt, BSc, Executive Director, Coalition for Community and Healthcare Acquired Infection Reduction (CHAIR)
Jose L. Jimenez, PhD, Distinguished Professor of Chemistry; Fellow of CIRES, University of Colorado
Dr David Joffe MBBS(Hon.) PhD, FRACP, World Health Network Long Covid Expert Advisory Group, Vice-Chair, Visiting Medical Officer, Respiratory and Sleep Medicine, Royal North Shore Hospital
Douglas B. Kell CBE, Research Chair in Systems Biology, University of Liverpool
Dr. Asad Khan, FRCP(Edin), FRACP, Consultant Respiratory Physician, Manchester, UK (Retired)
Prashant Kumar, PhD, Global Centre for Clean Air Research (GCARE), University of Surrey, UK
Professor Julia Lawton, School of Population Health Sciences, University of Edinburgh
Cam Mackey, President & CEO, International Safety Equipment Association (ISEA)
Dr. Nancy Malek, MBBS, FANZCA, WHN Long COVID Advisory Group
Nancy M. McClellan, MPH, CIH, CHMM, CEO, Occupational Health Management, PLLC
Professor Martin McKee, CBE, MD, DSc, FMedSci, Professor of European Public Health, London School of Hygiene and Tropical Medicine, Past President, British Medical Association & European Public Health Association, Research Director European Observatory on Health Systems & Policies
George Monbiot, author, journalist, environmental activist
Distinguished Professor Lidia Morawska, PhD, Director, International Laboratory for Air Quality and Health (WHO CC for Air Quality and Health), Queensland University of Technology, Brisbane, Australia
Stefano Pallanti, MD, PhD, Instituto di Nueroscienze
Narender Paul, Chief Operating Officer CORD, India
Prof Etheresia Pretorius, PhD, Stellenbosch University South Africa
Prof. Sunil Raina, MD, Dr. RP Government Medical College, Tanda (HP), India & World Health Network
Walter Ricciardi, MD, MPH, MSc, Hon PhD, Professor of Hygiene and Director of the school of Hygiene and Public Health, Università Cattolica del Sacro Cuore (UCSC) (Rome). He is Chair of the Mission Board for Cancer (EC), the Scientific Committee of Human Technopole Foundation, and the European Mission Board for Vaccination.
James D. Sessford, R. Kin, PhD, Research Associate at University of Toronto, Co-Investigator on long COVID grant from Long COVID Web
Kristin Shrader-Frechette, PhD, O’Neill Family Professor Emerita, Department of Philosophy and Department of Biological Sciences, University of Notre Dame
Lawrence Sloan, MBA, CAE, FASAE, CEO, American Industrial Hygiene Association (AIHA)
Raymond Tellier MD MSc FRCPC CSPQ FCCM D(ABMM), Associate Professor McGill University
Desmond Whyms, BA, MA, DipPH, Retired Senior Public Health Advisor UK DFID/FCDO
Esta carta está redactada y respaldada por médicos, investigadores, higienistas ocupacionales, profesionales de salud pública, abogados, defensores de pacientes y miembros interesados de la comunidad médica global. Las afiliaciones se incluyen únicamente con fines de identificación.
[1] Las mascarillas quirúrgicas no son respiradores; no están diseñadas para, ni son capaces de proporcionar protección personal o comunitaria contra contaminantes transportados por el aire. Los respiradores incluyen respiradores con máscara filtrante (N95, FFP2/3, KN95 y dispositivos similares en todo el mundo). También incluyen dispositivos con un sello elastomérico que proporciona un ajuste aún más hermético al rostro del usuario. Estos dispositivos son reutilizables. De manera crucial, los respiradores que se fijan con dos bandas o correas elásticas al cuello y a la coronilla ofrecen un ajuste más ceñido y, por lo tanto, una protección significativamente mayor que los que utilizan bandas para las orejas (Duncan et al. 2021).
[2] Los respiradores son mascarillas de alta calidad, como las tipo N95, FFP2 o equivalentes, que ofrecen una protección eficaz contra virus respiratorios. Están diseñados para sellar y mantener una alta filtración en un amplio rango de tamaños de partículas. Los respiradores se diferencian de otros tipos de mascarilla por el material con el que están hechos, la calidad del filtrado y efectividad en filtrar el aire de patógenos de transmisión aérea (SARS-CoV-2, tuberculosis, gripe, sarampión, etc.). Para saber si estás comprando respiradores, fíjate en que contengan algunos de estos nombres en la caja o envoltorio: N95 (EE. UU.); KN95 o KN100 (China); FFP2 o FFP3 (Europa).
[3] Se entiende por entornos de atención médica cualquier espacio donde acuden pacientes a recibir atención médica: hospitales, clínicas, centros comunitarios, consultorios de especialistas, centros de salud mental, psiquiátricos, etc.
[4] Instamos a la OMS a no prestar atención a argumentos y excusas diversionistas. Los efectos fisiológicos de usar un respirador son insignificantes y, desde luego, no implican una acumulación significativa de CO2 (Spang et al., 2021).
REFERENCIAS CITADAS
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